EL PEÓN DEL REY (Cuento)

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Peón¿Quién no quiere ser un ganador en el mundo que conocemos? Escribir la historia es privilegio exclusivo de los vencedores, la visión de los vencidos no le interesa a nadie.

Desde el comienzo de la batalla supe cuál era el rol que me tocaba jugar y temblé (lo confieso) porque no es fácil encajar la idea de ser quien va por delante en un campo minado. Yo no pedí estar ahí y nunca supe por qué se me eligió para abrir las hostilidades, solo supe que debía ser el más estoico – y también se esperaba de mí que fuese el más valiente y el más hábil para sortear las trampas y las embestidas del enemigo -.

Cuando me lancé al frente, lo hice sintiéndome impulsado por un poder superior y no hubo sombra de vacilación después del primer paso. Mi línea de ataque debía ser sólida, a prueba de todo (llevaba esa idea grabada en la mente), pues de ello dependía mantener intactas las expectativas de triunfo de mi bando.

tablero de ajedrezNo era yo quien debía calcular las posibilidades de ese avance tras la rápida respuesta de las fuerzas contrarias, pero lo hice. Eso me ayudó a mantener la mente ocupada para no sentirme intimidado por lo aventurado de mi posición. Los que venían atrás no tardaron en maniobrar alrededor de mi trinchera, con el evidente objetivo de apuntalar la columna central, y muy pronto nuestras armas empezaron a copar los puntos clave del campo de batalla. Los de a pie extendieron el abanico de fuerza y los de a caballo se adelantaron, dejándonos atrás, en su firme propósito de horadar las trincheras para infiltrarse en las posiciones que el enemigo se afanaba en consolidar.

Sobrevinieron entonces las primeras bajas y los rezagados y los malaventurados que se apartaron del bloque principal – por acciones propias o empujados por los oponentes – mordieron el polvo uno a uno, más no se crea que murieron en vano, se llevaron por delante igual número de enemigos… y así la batalla continuó sin ventaja para nadie.

batallaLa lucha se prolongaba demasiado. Perdí la noción del tiempo en el compás de espera, y mientras los combates se libraban en puntos alejados de mi posición, veía la artillería y las fuerzas de avanzada de nuestro bando incursionar audazmente a lo largo y ancho del territorio, penetrando, demoliendo, resquebrajando las posiciones enemigas una y otra vez con movimientos sorpresivos y acciones fulgurantes. Sin embargo, aún no podíamos cantar victoria. Las fuerzas contrarias también se apuntaron pequeños triunfos y el equilibrio se mantuvo.

Más de repente, en algún momento empezaron las vacilaciones, los desaciertos, los errores de cálculo, hasta que nuestras fuerzas de avanzada retrocedieron por primera vez. Pasamos del ataque a la defensa en un abrir y cerrar de ojos. Con gran impotencia, vi volver atrás lo más granado de nuestras fuerzas de choque. Flotaba en el aire alguna amenaza imprevista que nos estaba obligando a abandonar posiciones ya conquistadas. El núcleo del ejército en mi bando se debilitaba a cada nuevo embate y me pregunté cuánto podríamos resistir antes de quedar en desventaja definitiva.

Me consoló saber que había hecho bien mi parte hasta entonces. Al frente de un pequeño grupo, mantenía aún el equilibrio en la zona central, si bien, nos habíamos quedado sin el soporte de la artillería pesada. Parecía cuestión de tiempo la caída de esa posición ganada a sangre y fuego, más recobré la esperanza cuando al fin volvió la calma en el bloque defensivo. Se había conjurado la amenaza en el corazón de nuestro reducto, no sin pagar un precio, y supe así que quienes continuábamos en pie de guerra debíamos redoblar esfuerzos para seguir aspirando a la victoria. Por tanto, seguí resistiendo el empuje de mis oponentes más cercanos, firme en el centro para impedirles avanzar – sintiéndome de algún modo el portador del estandarte real -, y buscando a la vez una oportunidad, un mínimo resquicio para ponerme en ruta hacia la gloria.

batallaDebía ir paso a paso y actuar con mucho sigilo para burlar la celosa vigilancia de las torres enemigas, la caballería y los lanceros que hacían del territorio enemigo un campo minado y lleno de peligros. Nunca como entonces desee poseer la fuerza de un poderoso guerrero para inclinar la balanza y decidir la contienda de una vez por todas.

Divagaba en ese loco deseo para no dejar crecer el miedo o para no pensar en la creciente debilidad del pequeño grupo de avanzada que me seguía. El enemigo parecía tener mejores perspectivas en distintos frentes, excluyendo al mío, y quizás no tardaría en consolidar su ventaja. Me di cuenta también de que nuestros embates perdían fuerza, producto quizás de una estrategia vacilante o insegura.

Concentrados en la defensa, habíamos cedido la iniciativa y ahora las cosas no pintaban nada bien. Y de pronto, en lo más ríspido de las acciones, sucedió lo inesperado: tras una escaramuza en la retaguardia cayeron piezas pesadas de los dos bandos y el terreno quedó despejado. Di cuenta de un enemigo que había aniquilado a mi compañero más cercano y, justo entonces, vi la meta más cerca que nunca, a pesar de que el enemigo hacía esfuerzos desesperados por bloquearme el paso. Era tarde para ellos, con el apoyo de la artillería desde la retaguardia, mis pasos se hicieron más firmes y no tardé en conquistar el que había sido mi objetivo desde el principio: la octava y última línea.

leónFue ahí donde ocurrió el milagro. De un instante a otro dejé de ser el débil, insignificante y humilde Peón del Rey para convertirme en la pieza más poderosa de cuantas quedaban sobre el terreno. Sentí que podía volar, teletransportarme tal vez, en alas de los mágicos poderes que me eran concedidos después de cruzar indemne, y de un extremo al otro, todo el campo de batalla.

La fuerza, la magia y el poder se centraban en mí! Y no vacilé para iniciar una cacería despiadada y definitiva. La diezmada infantería enemiga no resistió mis primeros embates. Los sobrevivientes sucumbieron uno a uno sin una queja y tocó el turno después a la única pieza de artillería que heroicamente intentaba proteger a su Rey desamparado.

Fue así como yo – el humilde Peón del Rey – asesté el golpe final al monarca oponente y sellé la victoria con un… ¡Jaque Mate!

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